La Espera Ambulante
- 1 ene 2017
- 2 Min. de lectura
Sus ojos se plantaron en el vacío de su existencia,
anhelando una brisa que moviera sus sentidos en las copas
de los árboles que adornaban su vida.
Sus suspiros llenaron de alegría sus ojos,
que se posaban en ella como las flores en el alba,
esperando una sola vista,
un cálido abrazo de los rayos del sol.
Pero ella siguió mirando,
intensamente,
a la vanidad de la nada.
Una nada amorfa y sin destello alguno.
Una nada fría y seca,
en donde el crepúsculo se posa cada vez que la luna cae,
esperando a que brote a la inmensa oscuridad de la noche.
Sus labios rojizos pronunciaban palabras mudas para sus oídos sordos,
que tenían una vaga idea de lo que ella quería,
pero siempre se quedaban en el eterno misterio de una verdad inconclusa.
Su sonrisa le hacía recordar lo cálida que era la primavera;
los cantos de los pájaros en las mañanas,
y el calor de la chimenea en las noches frías;
un beso lento pero continuo
que avanzaba al unísono de los latidos de sus corazones.
Su esencia era pura, incluso cristalina.
Su sabor era a la madera de los bosques,
y su brillo las estrellas en la noche.
Su sonido era el agua en el río,
y su piel el rozar de la brisa.
Y él la miraba de una manera vaga y asustada,
intrigado por una lluvia de pensamientos que supone que están ahí,
pero su existencia es desconocida,
más no ignorada.
Y ella miraba fijamente,
hacia un punto en su vida,
el cual no sabe si va hacia ella
o huye aterrado por lo que viene.
Estiraba la mano,
intensamente,
buscando tocar eso que ha olvidado su nombre,
incluso hasta la manera en que se percibe;
en que brilla cada mañana,
en que la despierta con una necesidad deslumbrante
y calma sus penas.
Pero sigue sin saber qué es lo que se encontrará tras la puerta de sus sueños.
Tal vez una sonrisa;
un cariño que la toque con la punta de los dedos,
suavemente,
haciendo que su piel se erice al sentirlos en su tierna mejilla.
Y un suspiro que salga de su cuerpo,
dejando atrás toda carga de su vida.
Y olvidando.
Olvidando cada paso torcido,
cada caída dolorosa.
Cada beso con fuego que la misma vida le ha estampado.
Así que ella buscaba,
pacientemente,
en la misma nada.
Que lo era todo para él,
y a la vez para ella nada.
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